VENDEDORES DE HUMO – Periódico Página100 – Noticias de popayán y el Cauca

VENDEDORES DE HUMO

Por Jair Dorado/ Opinión

Un tipo de traje y corbata se para frente a un auditorio de jóvenes desempleados van entrando poco a apoco. Mira el reloj y los invita a tomar asiento con amabilidad. Han llegado con la vacilante convicción de que cumplen con las condiciones que piden en la oferta de empleo: tienen iniciativa, saben trabajar en equipo y son proactivos. Proactivo es una palabreja que algunos candidatos han tenido que buscar en el diccionario mientras le daban un sorbo a su café con pan del desayuno. No hay nada en su personalidad que diga que no son proactivos, así que se han animado asistir a la convocatoria. 

El hecho es que ya están ahí con su hoja de vida bajo el brazo. Muy formalitos, obedientes; dispuestos a todo para ser los elegidos. Se arremolinan con una mezcla de ilusión y nerviosismo mientras van ocupando sus puestos. Luego se observan de reojo.

Entretanto, el tipo elegante ha empezado un discurso entusiasta. No habla de trabajo, habla de una oportunidad para cambiar sustancialmente la vida. El destino los ha traído a ese lugar para ofrecerles la solución a sus problemas financieros. Nada es casual. Hoy se pondrá fin al abuso de sus empleos anteriores, se acabaron los sueldos miserables, la escasez, los afanes para llegar a fin de mes.

De repente las luces del auditorio se apagan y sobre un telón negro inicia la proyección de una serie de fotografías donde el conferencista aparece de vacaciones en lugares paradisíacos. Se encienden las luces y los candidatos babean, quieren ser ricos como ese señor que ahora les ofrece nada menos que la oportunidad de ser los dueños de un negocio multimillonario que ya le ha devuelto la felicidad a miles de personas en todo el mundo.

“Si quieren seguir con una vida mediocre pueden retirarse de la sala, aquí solo quiero gente valiente”, dice con un tono repentinamente autoritario, casi amenazante.

En ese momento suben al escenario unas señoras bien vestidas con una gran sonrisa; son antiguas amas de casa que ahora ganan más plata que un ministro. Se suceden varios testimonios que producen envidia y muchos ‘¡oh!’ de admiración.  

Sin embargo, disimuladamente, como avergonzados, varios aspirantes empiezan a deslizarse de la sala. No quieren llamar la atención del agresivo triunfador pues a duras penas han logrado reunir la plata para los buses y las fotocopias de la hoja de vida; los cien mil pesos que les piden para inscribirse en el negocio que los llevará a la cumbre están fuera de su alcance. Ni modo, otra vez será.

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