SOBRE LA CARRILERA EL TREN – Periódico Página100

SOBRE LA CARRILERA EL TREN

https://www.elnuevosiglo.com.co/articulos/04-2019-el-tren-vuelve-tomar-fuerza-en-colombia

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Sin necesidad de quererlo, aparece en la cima de mi memoria, la carrilera del tren que conocí cuando tenía cuatro años en Cachipay. Me gustaba poner sobre el riel cercano las tapas de botellas de cerveza que recogía en las tiendas por los alrededores de donde vivía…

¿Cuál era la fascinación? ¿Que el tren cuando llegara afanado y crepitante las alisara con su peso y su mole? O, ¿era más bien alistarlas y guardarlas luego para formar una especie de diadema para hacerla volar dándole vueltas en un cordel?

Mi ilusión era esa. Esperar el tren con unas diez tapas, inservibles ya, para que las pisara y me “las arreglara” para lo que yo quería. Qué fruición, qué ilusión de niño. Lo hacía como si no hubiera otra manera de hacerlo. Solo el tren me hacía ese favor. No me importaba que yo fuera un niño y no entendiera que era peligroso acercarme tanto a la carrilera y esperar que, allá en el fondo, apareciera la locomotora afanada y pitando…  

Era una ilusión creadora de niño. Me fabricaba un pequeño juguete. Tomaría las tapas lisas, las horadaría luego con una puntilla en el centro y las juntaría con un cordel para hacerlas volar en redondo como un acordeón. Sonaría como un ventarrón, como el canto de un moscardón.

Allá, en el recodo, asomaría su testa la locomotora con los vagones que traía y llegaría inocente y machacaría las tapas. Qué ilusión tan grata, qué favor tan grande me haría el tren de las 10 a.m. que pasaba por frente a donde yo vivía con mis padres. ¿Cómo es que yo había aprendido a hacer mi propio juguete que volaba y hacía como un aleteo de moscardón junto a la oreja?

Sí… Nunca me di cuenta que acercarme a semejante monstruo era peligroso. No. Yo tenía unas diez tapas y el paso del tren me las arreglaría para yo armar mi juego de ventarrón con tapas…

Varias veces mi mamá o una Nana me encontraron en esa tarea y se asustaban al verme tan cerca de la carrilera. Ya había pasado el tren y estaba recogiendo todas las tapitas… Que no se me fuera a quedar ninguna. Las tenía contadas para que el juguete funcionara.

Con mucho cuidado, me volví experto en acabar de alisar las tapitas contra una piedra y quedaban redonditas, achatadas y yo las horadaba en toda la mitad. Las iba encadenando, una tras otra, como en forma de diadema para poner al cuello. Pero era un juguete hecho por mí para que sonara en la cara de mis amigos, y me parecía el gran juguete que sonaba como ventarrón cuando lo estiraba como un acordeón.

Ah, pasatiempo tan inocente y peligroso. Ah, tiempos pasados en la inocencia y en el calor de un pueblo con tren. Hoy, después de tantos años he vuelto los ojos y el recuerdo hacia Cachipay, uno de los pueblos más típicos de Cundinamarca en donde alguna vez viví al cuidado de mis padres que eran maestros de escuela…

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