Si espero que termine, ¿dolerá menos? – Periódico Página100 – Noticias de popayán y el Cauca

Si espero que termine, ¿dolerá menos?

Me decía a mí misma que no creyera en él. Y sin embargo, lo hice.

Comenzó con un mensaje de Facebook de un chico al que había conocido superficialmente en los comedores de la escuela primaria, por los pasillos de nuestra secundaria y —el evento principal— la clase de baile del séptimo grado.

En nuestro colegio, la clase de baile era un horror especial porque los profesores no nos emparejaban, lo que al menos habría reducido la ansiedad. En cambio, a los chicos se les decía que eligieran a una chica, una experiencia humillante para las que eran elegidas hasta el final o no lo eran. En el séptimo grado, yo ya medía 1,80 metros, era la chica más alta de toda mi generación y más alta que casi todos los chicos, lo que me ponía en riesgo de estar entre las no elegidas.

Pues bien, él me eligió a mí, aunque apenas nos conocíamos. Aquella clase de baile fue nuestro único encuentro significativo, del que cada uno salió creyendo que el otro había sido el salvador.

Ahora ya no éramos niños en edad escolar; teníamos 27 años. Y aquí, de la nada, me llegaba un mensaje de Facebook de él recordando el trauma de que nos obligaran a aprender bailes de salón durante nuestros años más incómodos. La ansiedad de estar alineados contra la pared, esperando a ver si alguien nos elegía o si nos asignaban al azar para unirnos a otra pareja cuando los números no cuadraban. El alivio de una cara amigable para hacer la experiencia un poco menos angustiosa.

Tal vez solo debía ser eso: un momento de gratitud por ser la cara amigable del otro. Pero no lo fue.

Empezamos a hablar más, sobre cómo estaban nuestras vidas ahora, hacia dónde nos dirigíamos, cómo él acabó mudándose a Australia, mis planes de dar el salto fuera de Estados Unidos al año siguiente.SIGN UP FOR LOVE LETTER: Your weekly dose of real stories that examine the highs, lows and woes of relationships. This newsletter will include the best of Modern Love, weddings and love in the news.Sign Up

Cuando le dije que no sabía cómo iba a llevar mi carrera al extranjero, me envió una decena de ideas diferentes. Cuando le dije que no quería perderme los hitos que tendría mi familia —bodas, bebés, etcétera— argumentó que esos hitos nunca tienen fecha de caducidad: “Vuelves para lo importante”. Cuando suspiré por la posibilidad de obtener un visado, me envió información sobre todos los lugares a los que podía aplicar y ánimos sobre lo mucho que valdría la pena.

Me quitó todas las excusas. En ese momento, no tenía a nadie en mi vida que entendiera el camino poco convencional que quería tomar. Había más gente que me tiraba de la manga diciéndome que aguantara al menos hasta la última despedida de soltera, o hasta el próximo ascenso, o, según mi entonces compañero de piso, solo un año más de renta. Él fue el primero en llamarme la atención por procrastinar.

Y tal vez solo debía ser eso: una chispa de inspiración de alguien que estaba haciendo lo que yo quería hacer y me animaba a seguir mis propios sueños. Pero no lo fue.

Él iba a volver a Estados Unidos en unas semanas y estaría en Chicago, así que decidimos organizarnos para tomar algo y recuperar los viejos tiempos que nunca compartimos. Tomó el tren al centro de la ciudad desde la casa de sus padres en los suburbios. Su madre lo había hecho cambiarse de camisa y tomar un tren más temprano para que no llegara tarde a mi encuentro. Nos sentamos en un bar y pedimos muestras de cervezas artesanales. Él siguió a regañadientes mis reglas, que consistían en beber un sorbo de cada cerveza y votar por nuestras favoritas.

Hablamos de su vida en Australia y de sus planes de ir a Nueva Zelanda y luego a la Antártida, a Irlanda, a Noruega, a Alemania y luego a las islas Malvinas. Me dio más consejos y parecía genuinamente emocionado por mí, una rara apuesta de un tipo que, a pesar de haber estado en el mismo grado en la niñez, y en la misma clase de baile, básicamente era un extraño. Me di cuenta de que me relajaba cuando estaba con él, de que podía ser yo misma sin consecuencias.

Y tal vez solo debía ser eso: una minirreunión de exalumnos de la escuela secundaria. Pero no lo fue.

Lo dejé en la estación de tren, diciéndole que volviera a casa sano y salvo mientras él me devolvía un “sí, señora” muy amigable. Yo deseaba que hubiera intentado besarme. Casi fue algo.

Una semana y unos cuantos mensajes coquetos después, decidimos vernos una última vez antes de que volviera a su vida en Australia. Volvió a venir en tren, salimos a tomar unas copas, hablamos, luego más copas y más charla.

Esta vez no me quedé con ganas de más en el andén. Se quedó a dormir y pasamos una noche estupenda. Una noche perfecta. Una noche espontánea, sin expectativas ni confusión de las primeras citas ni tiempo para pensar demasiado en las cosas. Fue cómoda y natural y simplemente sucedió.

Y tal vez solo debía ser eso: una aventura de una sola noche. Pero no lo fue.

Seguí esperando el momento en que él siguiera adelante con su vida. Volvió a Australia, y ahora estábamos intentando mantener el contacto a pesar de una enorme diferencia horaria, y nunca se prometió nada más. ¿Cuánto tiempo tardaría él en aburrirse?

Los hombres con los que salía siempre se daban por vencidos a los dos meses, normalmente cuando decían haber conocido a alguien más. Pero con este hombre pasaron dos meses, luego seis, luego nueve, y seguíamos hablando casi todos los días. Nunca de una manera que apuntara a una relación seria, pero ciertamente como algo más que amigos. Ahora conocía su plan de 15 años, sus pensamientos sobre el matrimonio y sus relaciones pasadas, cómo pasaba los veranos en la granja, su destreza poética y su odio irracional a la película Frozen.

Él conocía mi sueño de dejar mi trabajo y viajar por el mundo, mi obsesión por la música deprimente y cada frase que me hacía sonrojar. Sentí que esto podría ser algo de verdad. Sentía que tal vez, solo tal vez, se estaba convirtiendo en algo. Esperaba que algún día tuviéramos la oportunidad de averiguarlo.

Un año más tarde, en febrero de 2020, volvimos a vernos en persona, en un hotel de Chicago, una parada antes de que su siguiente contrato lo enviara a otro lugar muy lejano. Esta vez había expectativas, confusión y mucho tiempo para pensar, al menos por mi parte. Pero una vez que estuvimos juntos, me sumergí de nuevo en ese espacio cómodo. No perdimos tiempo y nos metimos en la cama. Solo salimos de la habitación para encontrarnos con el repartidor de comida en el vestíbulo.

Cuando decidimos irnos a dormir, él no dejaba de comprobar si ya me había dormido; quería evitar quedarse dormido mientras yo estaba despierta. En parte, sabía que estaba comprobando si estaba en condiciones de alejarse para dormir, pues tiene el calor corporal de un oso.

Al principio, le había dicho en una llamada que entendía que los abrazos empiezan a sofocar muy rápido, pero que a mí me encanta ir de la mano. Casi pude ver cómo volteaba los ojos al otro lado del teléfono.

Aquella noche, fingí estar dormida durante uno de sus chequeos, así que me di cuenta cuando se separó de mí, y luego tanteó bajo las sábanas hasta que encontró mi mano y la sostuvo durante el resto de la noche.

Unas semanas más tarde, el mundo vivía el confinamiento de COVID-19 y él se fue a Nueva York a trabajar como enfermero. Nuestra comunicación empezó a ser irregular, ya que pasaba muchas horas en un trabajo tan intenso que soy incapaz de entender. Y así pasaron los meses, en los que yo intentaba caminar la línea que separa los mensajes alegres y los molestos, y él respondía amablemente de vez en cuando.

Y entonces ocurrió. El momento que había estado anticipando durante los primeros dos meses, luego seis, luego nueve. Conoció a alguien más. Alguien con quien estaba realmente entusiasmado y con quien podía verse viajando por el mundo y tratando de formar una relación de verdad.

Así de fácil, estaba de vuelta en la estación de tren, viéndolo alejarse, preguntándome si esto era todo lo que debía ser. Otro casi algo.

Desde el principio, había intentado moderar mis expectativas, diciéndome a mí misma que había un 99,999 por ciento de posibilidades de que terminara exactamente así, que él conociera a alguien más y siguiera con su vida. Después de todo, para mí nunca había no ocurrido así. Y esta relación era más complicada desde el punto de vista logístico que cualquier otra que hubiera tenido antes. Pero ese 0,001 por ciento de posibilidad nunca se había sentido tan posible. Y me di permiso de entusiasmarme con él.

Y tal vez eso es todo lo que debía ser: algo que me hiciera abrir realmente mi corazón de nuevo. Porque al final, eso es todo lo que fue. Otro casi algo. Y ya estoy harta de los “casi algo”.

Jessie McNellis es una escritora que vive en Chicago.

SOURCE : www.nytimes.com

BY: Jessie McNellis

ILLUSTRATION : Brian Rea

PAGINA 100 POPAYAN COLOMBIA

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