Realismo mágico: los 5 destinos favoritos del fotógrafo ‘Gabo’ Eisenband en Colombia – Periódico Página100 – Noticias de popayán y el Cauca

Realismo mágico: los 5 destinos favoritos del fotógrafo ‘Gabo’ Eisenband en Colombia

Este Gabo es barranquillero y su realismo más mágico está en la cámara. Gabriel Eisenband recomienda, para Diners, los lugares más bellos de Colombia.

Su oficio tiene algo que roza con lo mágico: entabla una comunicación con el paisaje. El fotógrafo barranquillero Gabriel Eisenband visita los sitios naturales más bellos de Colombia. Los estudia, camina, recorre, analiza la luz y lo que más le gusta de ellos, mira a qué hora y desde dónde le funciona mejor la luz del amanecer o del atardecer, busca lo que quiere fotografiar, y luego va al lugar a la hora apropiada, esperando tener suerte. Cuando las condiciones se dan, obtura. Luego vienen los descubrimientos adicionales, como sucede con las personas o los animales en la vida cotidiana: esos elementos sutiles que no había detallado antes. De eso se trata, de entablar una relación con el paisaje.

Su oficio solitario de 19 años implica espera y repetición o “luz, composición y paciencia”, como lo llama él. Y pasa de los bosques de niebla a los páramos, de la luz filtrada de las selvas al movimiento de las aguas. En los dos últimos años publicó su libro de los 46 Parques Naturales Nacionales de Colombia y acaba de ganar el premio Wildlife Photography Award, uno de los más importantes de fotografía de naturaleza del mundo. Por eso, nadie más indicado para recomendar los cinco lugares favoritos naturales para visitar en Colombia (más dos bonus track).

Caño Cristales (Meta)

Lo dicen todos. Lo repiten, lo recalcan y vuelven a recordárselo a todo turista que llega al municipio de La Macarena, en el departamento del Meta: “Le va a gustar”, “le encantará”, “es famoso en todo el mundo”, “es el río más bonito del mundo”, “mire que lo dicen hasta los periódicos”.

Se lo reiteran en el aeropuerto, lo mencionan los guías, los residentes y hasta personas que nunca han ido y venden empanadas en la plaza central del pueblo, pero viven de los turistas que quieren verlo. Cuando por fin el visitante cruza el río Guayabero – paso obligado que divide La Macarena del inicio del recorrido de ocho kilómetros que conduce al que todos llaman el río más bello del mundo–, uno ya tiene encima el susto de que Caño Cristales sea más publicidad que realidad.

Pero no. Por fortuna, no. Luego de pasar las ansias iniciales de llegar al lugar, de calmar la sed y el cansancio de una caminata bajo un sol violento, unos minutos después de sentarse y respirar el aire caliente que atosiga los pulmones al tiempo que los llena del aire impoluto de la serranía cercana, el turista ansioso pierde bríos, deja de tomar fotos compulsivamente y se sumerge en alguno de los pozos entre las rocas más antiguas del planeta. Entonces se rinde y lo confirma: no estaban locos todos.

Le sucedió al fotógrafo barranquillero Gabriel Eisenband en 2010. Había llegado a este paraje antes del auge del turismo y de los protocolos de los Parques Nacionales, cuando apenas la zona dejaba de tener la presencia de la guerrilla y se aventuraban algunos tímidos visitantes. No había nada organizado allí y además fue en época de lluvias, cuando las aguas se enturbian y la claridad del agua disminuye. Las macarenias clavígeras –plantas que le dan la inusual coloración roja al agua– tampoco estaban en su momento más espléndido.

El nombrado río más bello del mundo se encuentra ubicado en la sierra de La Macarena, Colombia. 


Es más, llovía, los caños estaban crecidos y el clima no era idóneo. Pero en ese viaje iniciático que hizo con Alan, su mejor amigo, fue feliz. Se sintió libre, decidido a volver allí y a decir que todo colombiano debería visitar Caño Cristales al menos una vez en la vida.

“He vuelto como cinco veces”, confiesa. Las siguientes fueron perfectas para la fotografía porque sucedieron en época de bajas lluvias. Sin embargo, “nunca fue como la primera vez, en la que el viaje resultó quizás más memorable que el destino mismo”. Se recuerda de regreso en el techo de un carro público abarrotado de personas, sujeto con sus cámaras como mejor podía al entramado de metales y latas, feliz de romper las reglas y de contemplar un atardecer magnífico, y convencido de que el río más bello del mundo merecía un final tan mundano como libertario.

Cerros de Mavecure (Guainía)

Fue porque no podía no ir: era un sitio reseñado en revistas de viajes por aventureros que cruzaban la frontera invisible de Colombia y se asomaban a los Llanos y a la Amazonia orientales. Y porque en un momento determinado, cuando la situación de orden público lo impidió, había sido imposible visitarlo. Apenas vio una posibilidad, armó maletas y cargó sus cámaras.

Este majestuoso lugar está conformado por un conjunto de tres monolitos. Foto cortesía Sebastian Di Domenico.


Llegó en avión hasta Puerto Inírida y abordó una lancha por el río Inírida. Luego se soltó, como siempre hace cuando se conecta con la naturaleza, y apreció la quietud de las aguas que siempre parecen iguales bajo el ronroneo de los motores fuera de borda, la vegetación selvática a lado y lado y las rocas macizas del Escudo Guayanés, las más antiguas de Colombia. Pronto llegó, entre curvas de río, a las megamontañas en la aparente mitad de la nada. Ahí estaban los cerros de Mavecure.

Las rocas forman parte del Escudo Guayanés, una de las formaciones geológicas más antiguas del mundo.


Eran una irrupción tan monstruosa como apacible en medio de la selva y el río tranquilo: gigantes con apariencia dócil que dominaban el paisaje y se reflejaban en las aguas, duplicados. Acampó frente a los cerros o tepuyes, durmió allí en una tienda, tras comer peces del mismo río, y al día siguiente ascendió para hacer las fotos. Al atardecer soportó el calor sin tregua rebotado por la roca que reverberaba casi como un horno. Al finalizar el día recordó que estaba en medio de la selva cuando, guiado por linternas a su regreso alcanzó a gritar para salvar a su guía de la presencia de una serpiente cuatro narices. Estaba en la selva, en los territorios del pez bocón moqueado y de los animales libres.

Raudal de Maipures (Vichada)

Para los pobladores de la frontera invisible del oriente colombiano, es un clásico decir que por el raudal de Maipures, en su viaje por el Orinoco, el naturalista alemán Alexander von Humboldt pasó en el año de 1800 y quedó de una sola pieza. Amó tanto el lugar que, en su afán por catalogarlo, lo llamó “la octava maravilla del mundo” hace más de 220 años. Desde entonces, realmente pocos colombianos han ido hasta allí para comprobar qué tan cierto es.

El radual forma parte del parque El Tuparro, que tiene una extensión de 548 mil hectáreas.


Eisenband piensa, al menos, que es uno de los cinco lugares más impresionantes de Colombia, y que el raudal amerita romper las reglas de la distancia real y de los costos para viajar hasta él. No solo por sus aguas, sino porque viene acompañado por la experiencia de recorrer el Parque Nacional Natural El Tuparro, un entorno protegido, habitado por aves, orquídeas, monos, serpientes y delfines rosados con el Orinoco de fondo y los tepuyes como paisaje constante.

“Me conmovió la magnificencia del raudal de Maipures: me quedé de pie allí, viendo millones de metros cúbicos de agua pasar frente a mis ojos. Era impresionante. Vale la pena tener la experiencia de contemplar su majestuosidad e imponencia a flor de piel. El plan es sencillo, pero solo cuando se experimenta en vivo es poderoso: llegar allá en lancha y pararse en una piedra para sentir el poder del agua”, narra Eisenband.

En este raudal confluyen los ríos Tuparro y Orinoco.


Apenas más largo que los otros, el viaje arrancó de Bogotá a Puerto Carreño, luego empalmó hasta el parque El Tuparro, desde donde salió al día siguiente hacia al raudal. El estruendo del agua es su recuerdo más vivo. El que mereció toda la pena y lo hermanó con Von Humboldt en el amor por ese cruce de aguas tan ensordecedor como vital.

Tatamá (Risaralda, Chocó, Valle del Cauca)

Es posible que no le apetezca detener su tren de vida para madrugar a observar una bangsia de Tatamá. Puede ser que ignore que solo allí habita esta especie, y que verla es un privilegio tan grande como observar un tapaculos del Tatamá, otro tipo de ave endémica. Inclusive puede ignorar que existe el Parque Nacional Natural Tatamá, relativamente cerca de los centros de actividad económica de Cali, Medellín y Pereira, apenas a 3.500 metros de altura, entre la vertiente del Pacífico y las montañas de la cordillera Occidental, y que pocos conocen.

De eso se trata. Es parte de su encanto. Lo conocen bien los ornitólogos del mundo que viajan a observar aves allí, porque Tatamá es un paraíso de observación y buen clima. Y lo descubren personas que quizás no han contemplado la posibilidad de frenar para ver la sencillez de la naturaleza en pleno, pero que se dan la posibilidad y caen en el asombro y la emoción de la naturaleza en su esplendor.

El Tatamá es uno de los pocos páramos vírgenes del mundo y uno de los favoritos de Eisenband.


Gabriel Eisenband llegó allí porque un amigo lo invitó a conocer la reserva Montezuma y su ecolodge. Encontró un lugar con conocedores de aves y ornitólogos entusiastas que lo guiaron entre las copas de los árboles a descubrir un universo de aves en movimiento. En medios de transporte tradicionales como el Willys o el Jeep J6, ascendió a lo más alto del cerro de Montezuma, desde donde vio tanto bosques de una belleza singular, como el Chocó y su vegetación tupida. En la zona rica en cuarzos, desde donde emerge el olor de la panela recién extraída en los trapiches, así como de los alimentos servidos como fiambres en hoja, conoció la fractura del país industrial y natural, occidental y oriental, pacífico y andino. Y lo amó.

Chingaza (Cundinamarca)

Es el lugar natural más impoluto y, a la vez, más cercano a Bogotá. Y para él es lo más valioso que tiene vivir en Bogotá. El Parque Nacional Natural Chingaza es una zona de páramo tapizada de frailejones de 76 mil hectáreas en estado de conservación importante, que se ha convertido en su terapia esencial, y el que le permite vivir tranquilo porque se da la oportunidad de visitarlo al menos una vez cada mes.

El parque Chingaza está a tres horas y media de Bogotá.


“Es como tener un respiro de realidad y un escape de la ficción que es Bogotá. Uno vive metido en su casa, en la ficción de la ciudad, la modernidad y el consumismo. Para mí, Chingaza es un respiro. Si no fuera por ese parque me gastaría la plata en un psicólogo”, dice.

Chingaza cuenta con más de 383 especies de plantas.


Visitar Chingaza, en su caso, no es solo una necesidad para reconectarse con este ecosistema de páramos y principal proveedor del agua de la capital, sino un espacio de reconexión con especies ancestrales casi olvidadas en la ciudad, como los osos de anteojos o los venados cola blanca. A casi cuatro mil metros de altura, con el aire escaso que entra afilado por la garganta, cubierto contra un frío que oscila entre los cero y los cuatro grados centígrados, Eisenband recorre las cuchillas de Siecha, bordea los sectores de Piedras Gordas y de Laguna Seca, olvida que a pocos kilómetros de allí sucede el caos, enciende la cámara y se conecta con el obturador y su esencia interior.

Bonus track:

Cañón del río Claro (Antioquia)

eisenband

El hermoso color del río se debe a las enormes losas de mármol en su lecho. Río Claro es otro de los lugares favoritos de Eisenband.


Ubicado en el Magdalena Medio, cerca de la finca Nápoles, es uno de los sitios favoritos de Eisenband. Su río le resulta hermoso y fotogénico, y además es de fácil acceso, a solo tres horas de Medellín y cinco horas desde Bogotá. “Es un río bellísimo, pero por ser económico suele estar lleno de gente y en días festivos eso puede arruinar la experiencia bonita. Si puede madrugar o ir entre semana, lo disfrutará aún más”.

eisenband

El cañón del rio Claro es un tesoro geológico y sus rocas revelan la historia de su exuberancia natural. Uno de los lugares más hermosos, según Eisenband.


Parque Nacional Natural Sanquianga (Nariño)

eisenband

El parque Nacional Natural Sanquianga constituye el 20 % de manglares de todo el Pacífico colombiano.


“Las playas más bellas están en Nariño. No son zonas desarrolladas ni siquiera semidesarrolladas, sino con pocas comunidades locales en las que hay kilómetros de playa sin nadie, totalmente salvajes. No es fácil encontrarlas ni tampoco acceder. En el Parque Natural Sanquianga está la zona de manglar mejor conservada de Colombia. No es un sitio turístico, sino de aventura”.

Fuente/ Source: revistadiners.com.co

Por/ By: ENRIQUE PATIÑO

Foto/ Photo: Gabriel Eisenband

PAGINA 100 POPAYAN COLOMBIA

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat
1
Accede al grupo de WhatsApp Noticias grupo1 👇

Accede al grupo de WhatsApp Noticias grupo2 👇
A %d blogueros les gusta esto: