OPINION... La Licenciada, segunda parte. – Periódico Página100 – Noticias de popayán y el Cauca

OPINION… La Licenciada, segunda parte.

Por Carlos Mata Puga

Para M.  Y.

Escribir por aquellos años era una hermosa costumbre, ella dada sus labores profesionales redactaba bellas frases y me las enviaba en cartas bien estructuradas. La vida, la naturaleza y el amor, eran tópicos frecuentes de su escritura. Nos amábamos con esa pureza virginal que solo los seres inocentes portaban. Definir los sentimientos era propósito constante de nuestras misivas. Recuerdo que hasta el apóstol San Pablo, salió a relucir con todo aquello del verdadero amor. Yo reviraba con las ñoñeces de Juan Salvador Gaviota y los retos de la libertad.

En las múltiples y sabrosas charlas ella se proclamaba fanática de Vincent Van Gogh, los tulipanes y esos bellos paisajes de Holanda. Como buen y amoroso pretenso, me dí a la tarea de conseguir un par de tomos del pintor deschorejado de tamaño jumbo con todas sus obras reconocidas. Eso fue uno de los puntos importantes para mí en nuestro acercamiento. Además, un ramillete de tulipanes que no eran fáciles de conseguir la rindió. Ella con vehemencia defendía la teoría de que él atormentado pintor era miope y por esos sus estrellas y soles son difusos y coloridos. Yo me retiraba los lentes de contacto y mi mundo era exactamente cómo lo describía mi querida abogada.

Los viajes del Coro nos permitían departir en otros ambientes y amén de compartir escenario coral a veces nos escabullíamos para hablar sobre el mundo. En alguna ocasión el maestro Noble nos sancionó y amonestó por sentarnos en una cuneta a espaldas del hotel a discutir sobre música y desaparecernos del conglomerado. Todo mundo pensó lo peor (bueno digamos lo más sabroso) pero en realidad éramos realmente puros e ingenuos.

Demostrarle amor era una imperiosa necesidad que en ese momento consumía mi ser. En un momento de lucidez, caminando por el zócalo capitalino tuve a bien comprar un bello anillo con un hermoso brillante. No era un diamante, pero tampoco era bisutería (me di a la tarea de buscarlo en estas épocas y su precio ronda en cerca de 8 mil pesos), simple y sencillamente era una manera de hacerle saber que me importaba. Y se lo entregué así sin más ni más… Nunca, nunca pasó por mi mente el hecho de que eso significaba compromiso, si un compromiso formal. Ella y su hermana lo apreciaron con toda la intensidad de una petición formal y yo baboso de cepa, solo lo había obsequiado porque… sí.

Al mudarse con su hermana allá por la calle de Eugenia y Universidad, los tiempos y las libertades se ampliaron. Pasábamos más tiempos juntos y saliendo de las guardias la visitaba disfrutándonos maravillosamente. Al despedirnos ella pasaba a su habitación, se despojaba de su ropa y aparecía en una bella bata como única vestimenta. Se abrazaba a mi y cobijados por la prenda acariciaba cariñosamente sus senos y estrujados de deseo en la puerta permitíamos que nuestro sexo se aproximara y rozara. Solo dejábamos que nuestros cuerpos sintieran él calor del otro. En realidad, de ahí no pasábamos.

Fue hasta unas vacaciones de ella en que saliendo de mi jornada hospitalaria la veía con la luz del día y ahí sin ambajes, unimos nuestras carnalidades por vez primera. Si, yo era virgen, ella también y aunque me había leído todo un libro acerca de las posiciones, modos y formas de hacerlo, esa primera vez fue toda una aventura erótica, plena de nuevas experiencias. Con inquietud ella me informó de un leve sangrado a lo cual respondí doctamente que era natural por ser la primera vez. De ahí en adelante nuestros encuentros fueron pletóricos, frecuentes y hermosos.

Yo tenía la firme intención de irme a provincia y al conocer a una recepcionista muy jovencita y de cabellos rizados, me impulsó a irme a Chiapas. No me disculpo, estaba confundido, tenía la sabia compañía de la licenciada, pero esa chamaquita me inquietaba demasiado. Hice mis preparativos, me despedí de todos menos de… la licenciada. Por teléfono angustiada me preguntaba el motivo por el cual no me había despedido de ella. Yo solo atinaba a responderle que esperara mis noticias. Ella me expresó con voz febril: Te seguiré hasta donde sea, pero mi decisión ya estaba tomada. Un mes después con una misiva le explicaba que todo se había terminado. Hoy reconozco que eso fue una tiznadera, una irresponsabilidad.

Después de un año, al regresar la busqué nos citamos en la plaza de las Cibeles, no platicamos mucho. Ahí me devolvió los libros, mis cartas y sobre todo el anillo. No preguntamos más. Una década después me pidió un consejo y me lo agradeció con una postal antigua de la estatua de la libertad de Nueva York que me envió por correo.

Cómo todo amor primero se le recuerda de manera entrañable y si, ya se que piensan, ella era un ser luminoso y yo me porté como… un escuincle baboso jijo de la tiznada.

“Carlos es comunicador, sanador, atormentador de conciencias y nostálgico añorante de la primera vez”

SOURCE: PAGINA 100

BY: Carlos Mata Puga

ILLUSTRATION: Carlos Mata Puga

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