Los rituales de salir de casa – Periódico Página100 – Noticias de popayán y el Cauca

Los rituales de salir de casa

Lentes, doble mascarilla, guantes amarillos para lavar la loza. En la mano, una toallita húmeda con cloro para abrir y cerrar las cosas que voy tocando en el camino.

SANTIAGO — Lentes, doble mascarilla, guantes amarillos para lavar la loza, pantalones largos, zapatillas con caña, un pollerón con gorro y ropa que me tapa todo el cuerpo. Abrir la puerta de casa. Antes de salir, tirar Lysoform en el pasillo del pequeño edificio de tres pisos. En la mano, una toallita húmeda con cloro para abrir y cerrar las cosas que voy tocando en el camino. Evitar a los vecinos. Huir si los veo acercarse a más de cuatro metros. Gritar muy fuerte: ¿algún anciano necesita algo? ¿Alguien no puede salir a la calle? Nadie me responde. Salir caminando por el portón de los autos. Abrir el portón con el control automático para no usar la chapa de la entrada de peatones que, supongo, todos tocan. Salir a la calle, mirar a lo lejos para ver qué negocios están abiertos. Jamás entrar al supermercado. Ir mirando las filas que se arman afuera de las tiendas de alimentos y contar en cuál hay menos personas. Contar en cuál hay más distancia entre ellos. No ponerme en ninguna fila. Buscar un negocio a la redonda que no tenga ninguna fila ni nadie dentro. Entrar. Mirar hacia atrás. Un hombre va a entrar y, al verme, huye. No saludar a nadie por temor a abrir la boca y que me caiga una gota de saliva y venga infectada. No decir hola. Mirar los productos de reojo. No establecer contacto visual con los dueños. Poner la cabeza en un ángulo en que mi vista y mi boca no se tope con la de ellos. Elegir productos de las estanterías con mucha rapidez. Ir poniéndolos en un mesón lejos de ellos. Elegir todo en 20 segundos para no estar demasiado tiempo ahí dentro. Cuando ella se acerca a contar las cosas, alejarme dos metros de distancia. Lo siento, mi marido es crónico, y tengo además una hija pequeña, le digo. Desde lejos ella me dicta la cuenta y le dejo los billetes en un mesón más distanciado. Ahí están, le digo, poniendo mi cabeza en ese ángulo en que no pueden salpicar gotas de saliva. Salir de la tienda con las cosas. Escuchar a una mujer que llora. Risas atrás mío. No me doy vuelta. Alguien estornuda. Corro. Sacar el alcohol gel y ponerme en las manos, brazos y parte de la frente. Caminar, abrir el portón por donde entran los autos. Entrar por ahí. Qué te pasa, me grita la niña del tercer piso. Levantar la vista apenas. Llegar al portal del edificio, sacarme los zapatos, dejarlos afuera. Tirar Lysoform en el suelo antes de entrar. Gritarle a mi marido y mi hija, “salgan de aquí, aléjense”. Cruzar la casa. Dejar las compras en la pieza del patio. Lavarlas con jabón y agua. Lavar las verduras con mucha espuma. Lavar el pan envasado, el yogurt, los fideos. Dejarlos afuera secándose. Lavarme las manos. Sacarme la mascarilla. Ir hacia el baño. Abrir la ducha, meterme a la ducha con ropa, ponerme shampoo y bálsamo en el pelo. Bañarme con ropa. Tirarle jabón a toda la ropa. Sacar la ropa. Terminar de ducharme. Apagar el agua. Secarme, vestirme, mirarme al espejo, abrir la boca muy grande, y no gritar.

Fuente: www.nytimes.com

Por: Claudia Apablaza

Foto: Una persona con mascarilla y guantes en Santiago, la capital de Chile, el 6 de abrilCredit…Iván Alvarado/Reuters

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