LOS ENAMORADOS – Periódico Página100

LOS ENAMORADOS

Por: Marco Antonio Valencia Calle

El 14 de febrero es el día de los enamorados. Un día para que poetas, donjuanes y  galanes saquen su mejor repertorio para halagar a su damisela de turno y viceversa. Caballeros y damas de fina sonrisa, esperanza en la mirada… obsequian flores, peluches, tarjetas y chocolates.

Desde los balcones algunos solteros o solitarios, gozan viendo florecer los almendros y el jolgorio de los pájaros que se aparean como conejos. Al otro lado del río una multitud de marchantes que se deslizan por Hong Kong o Nueva York armados con flores en busca de un ser amado, les arranca una sonrisa.

La poesía de amor, tan vieja como el amor y el deseo, vuelve y juega en los tableros de la vida. Y a los días cotidianos le llega un aroma diferente, uno gordo y diciente, con momentos románticos o incertidumbres delicadas y farolitos en el pecho. Uno de esos días cursis o picarones, en que nos provoca ir al cine, un restaurante, o dar un paseo por el parque en compañía de la amada.

Historias de amor hay muchas, todos tenemos una. Incluso, yo mismo tengo una que les quiero compartir.

Hace algunos años paseando por Alcalá de Henares conocí a Mory, una ingeniera de ojos grises, piel blanca, sonrisa perpetua e historias conmovedoras. Cómo ya nos habíamos cruzado en Segovia y Toledo, e incluso en el lobby  del mismo hotel de Madrid, nos atrevimos a pasar de la formal sonrisa al diálogo franco mientras nos sentábamos en “el tren de Cervantes” y una acomodadora nos pedía las boletas. -Usted me persigue o yo lo persigo, pero en todas partes nos encontramos- le dije.  E iniciamos una charla que nos permitió saber que veníamos del mismo país y coincidíamos en gran parte de la ruta que teníamos por realizar. Hasta que cansados ya de subir y bajar calles para dejarnos sorprender en museos y exposiciones, terminamos al final de la tarde en una terraza pidiendo café, justo cuando un sol amarillo comenzaba a pintarlo todo con su nostalgia.

Sin venir a cuento Mory me pasó una postal fechada en Alcalá quince años atrás, con una letra palmer muy bella, y escrita en el café que nos encontrábamos. Después de dudarlo un montón y encontrar en mi sonrisa un atisbo de confianza, me dijo que Lorenzo, la persona que le había enviado esa postal había muerto el año pasado en Paris, y ella andaba haciendo un viaje de desagravio por Europa para conmemorarlo. Yo crucé las piernas, sorbí algo de mi taza y me dispuse a escucharla con una mano en la barbilla, mientras el sol aurígero chocaba contra sus ojos y su sonrisa triste, pero inacabable.

En Bogotá Lorenzo y Mory transitaron juntos el bachillerato y luego en la universidad la carrera de ingeniería. Habían vivido tanto, que ya se entendían sin hablar, y con la mirada eran capaces de decirse todo en un instante para soltar a reírse como locos. Un día al final de la carrera, apareció un príncipe azul para Mory que se casó sin vacilar y se fue a vivir a un país de Centroamérica; y los viajes por Europa que habían soñado como amigos desde la adolescencia se quedaron gravitando en el olvido.

Pasado un año comenzó a recibir las postales de Lorenzo que ya vivía en Europa enganchado como guía de turismo. Las postales fueron llegando cada vez más frecuentes y de lugares cada vez más espectaculares. En un lenguaje que solo ellos entendían, le hacía saber que le dolía que ella no estuviera respirando con él todo lo que sus ojos y su alma gozaban en España, Italia, Francia o Portugal. Y tuvieron que pasar casi quince años y más de quinientas postales, para que por fin, Lorenzo le declarase su amor en una tarjeta del Museo de Orsay de Paris, con el portarretrato de Vincent van Gogh, que ella me muestra con los ojos grises derritiéndose en el recuerdo.

Lorenzo, había amado toda su adolescencia y su juventud a Mory. Cuando ella se enamoró y casó fue una puñalada trapera inesperada. Más doloroso fue verla irse del país. Cuando se fue él juró no enamorarse nunca jamás de una mujer, pero en vez de hacer votos de castidad decidió gozar del amor de los hombres, para que la única mujer en su vida, por siempre, fuera ella. Y se marchó también del país, pero su corazón añoró a Mory día y noche por el resto de su vida.

De pronto, ya no llegaron más las postales de Lorenzo y la mujer hizo la llamada que no realizó durante veinte años. Fue allí cuando se enteró de su muerte. Lorenzo murió de melancolía, le dijeron. Luego supo que había muerto de  sida, esa enfermedad del amor, que todo lo da y todo lo quita.

Entonces, Mory, en homenaje a su loco enamorado, trazó una ruta de viaje por Europa de acuerdo a los lugares de donde fueron llegando las postales, que según ella sería un periplo de noventa días. En silencio, alzamos los vasos de café y con el alma arrugada, brindamos por Lorenzo y las extrañas manifestaciones del amor.

-Hoy es el día de San Valentín, me dijo, desahogada.

-Pues brindemos por San Valentín-, le dije, mientras una garza, como una lágrima del cielo, daba su último vuelo del día hacia un horizonte que ya sangraba.

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