Frituras, un antídoto para todo – Periódico Página100 – Noticias de popayán y el Cauca

Frituras, un antídoto para todo

Cuando nuestro horizonte se estrecha, la comida chatarra —de larga duración, sabores confiables y, a pesar de todo, infinitamente especial— nos ofrece un bocado de la eternidad.

Oh, hola, encantado de verte, toma asiento, comamos juntos unos chips por estrés.

Vamos a convertirnos, brevemente, en receptáculos de comida chatarra con los dedos cubiertos de migajas y pegajosos. Esto nos obligará a dejar de mirar, por unos minutos, la maraña de pestañas que hemos tenido abiertas en los navegadores de internet durante todos estos terribles meses: los artículos que hemos estado demasiado agotados para leer sobre los programas de televisión que hemos querido ver; los productos inútiles que seguimos comprando casi por impulso; las noticias deportivas y las películas clásicas que digerimos en ráfagas de 12 segundos cada cuatro días; ese pequeño diagrama sobre cómo diseñar mejor tus huertos de frutas en Animal Crossing.

Comer estos chips nos rescatará, sobre todo, de las peores cosas en nuestras pantallas, las malditas noticias del mundo exterior, cifras crecientes, decadencia cívica, bandas de ancianos que se comportan como niños.

Por favor, siéntate. Tengo una bolsa entera de Doritos sabor Cool Ranch: azul eléctrico, gorda como semilla de invierno, rebosante de alegría inminente. La encontré en el armario sobre el refrigerador, donde por algún milagro mi familia aún no la había descubierto —se había deslizado de lado detrás del polvo de proteína, cerca de los dulces de Halloween que sobraron— así que ahora estoy sentado aquí solo en el mostrador de la cocina, a punto de navegar hacia los mares salados de la gula decadente. Los próximos minutos de mi vida, al menos, van a ser geniales.

Acompáñame. Coge lo que tengas. Abre la bolsa. Pellízcala en sus bordes arrugados y separa las costuras. Ahora ya estamos: hemos roto el sello. El interior de la bolsa es plateado y brillante, una maravilla de la ingeniería: fuerte y flexible y reflectante, como un traje de astronauta. Inclínate, inhala ese inconfundible aroma: maíz tostado, dopamina, Estados Unidos, ¡duelo! Somos los primeros humanos en ver estos chips desde que salieron de la fábrica quién sabe cuándo. Nos han estado esperando, embalsamados en conservantes, como un faraón en su sarcófago oscuro. Estos chips podrían haber sido producidos incluso en el mundo anterior, en el tiempo anterior a la plaga, cuando la gente se reunía en estadios deportivos, llenaba salas de conciertos, se tocaba la cara, chocaba los cinco, intercambiaba botellas y porros y teléfonos y dinero en efectivo. Pero ahora han nacido a este mundo, en nuestra línea de tiempo condenada, y no tienen ni idea.

Esa es la gran virtud de los chips: están aquí para que nos los comamos. Así que eso es lo que haremos. Pondré el primer chip, ahora, en mi boca. Lo pondré delicadamente en mi lengua como la hostia de la comunión. Instantáneamente, el sabor estalla contra mis papilas gustativas, ese sabor terroso y de queso, destellante como un petardo, ilumina toda la cueva húmeda de mi boca e irradia más allá para llenar toda mi cabeza, todo mi ser. Estos químicos son trascendentales, proustianos, tan poderosos como cualquier droga: desencadenan nodos de memoria que se remontan a años, décadas, hasta los antiguos Super Bowls y las reuniones familiares, hasta el mundo exterior que estoy tratando de olvidar. Otro chip. Otro chip.

¿Cuál es el consuelo que ofrece la comida chatarra? ¿Por qué experimentamos estas calorías tan vacías con una absorción sensual tan apasionada? La pregunta, por supuesto, es anterior a la pandemia y probablemente tenga una respuesta prosaica: alguna fórmula patentada escondida bajo luces fluorescentes en un laboratorio de sabores en Nueva Jersey. Pero incluso las preguntas frívolas toman una importancia excesiva en estos días. Resulta que una pandemia produce una curiosa paradoja: no solo crea un chillido mundial de temor existencial, sino que también ejerce una presión implacable sobre los aspectos más mundanos de nuestra vida cotidiana.

Desde hace casi un año, muchos de nosotros hemos estado encerrados en un entorno controlado, un laboratorio cerrado de la propia identidad: el Instituto de Cuarentena de Subjetividad Aplicada. Nuestros hogares se han convertido en biodomos diseñados para estudiar los frágiles ecosistemas de Nosotros. Todas nuestras neurosis y adicciones y hábitos están bajo el microscopio. Fuerza de voluntad, productividad, resistencia, desesperación. Nos hemos convertido en científicos de nosotros mismos. Y así me veo a mí mismo comiendo chips.

Los chips no tienen que ser chips, por supuesto; podrían ser cualquier cosa que te comas para auto-calmarte. Tal vez resuelves rompecabezas en lugar de responder el correo electrónico del trabajo. Tal vez vendes acciones todo el día en Robinhood. Tal vez caminas en sentido contrario a las agujas del reloj alrededor de tu casa, una y otra vez, apretando todos los tornillos de cada aparato. Tal vez leas Twitter.

Para mí, una bolsa de chips es una forma de derrotar al tiempo. Trae el infinito temporal: un sentimiento de que nunca terminará. Un chip. Un chip. Un chip. Otro chip. Los chips vienen como olas del océano, como respiraciones humanas, en serie pero únicas, cada parte de un enorme ritmo eterno pero también su propio y precioso descubrimiento.

Odio decir esto, porque me arriesgo a romper el hechizo, pero acabo de notar que mi brazo entra cada vez más en la bolsa de los Doritos. Lo que solía ser solo la punta de mis dedos se convirtió en toda mi muñeca, y ahora, aunque parece que solo han pasado cinco segundos, todo mi antebrazo está desapareciendo dentro de la bolsa. Parece que me he comido la mitad de una bolsa entera de frituras. Tres cuartos, si somos honestos. Bueno, siete octavos. Los chips restantes son muy pequeños, solo fragmentos, resplandecientes con polvo de sabor. Creo que hemos llegado al punto, de hecho, donde sería vergonzoso dejar solo lo que queda. Así que seguimos adelante. Debemos seguir adelante. Un chip. Un chip. Un chip. Continúa. Un chip. Si nos detenemos, terminará, pero si seguimos adelante, podría durar para siempre.

Sam Anderson escribe para The Times Magazine.

Fuente/ Source: www.nytimes.com

Por/ By: Sam Anderson

Foto/ Photo: Ilustración por Julia Dufossé

PAGINA 100 POPAYAN COLOMBIA

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat
1
Accede al grupo de WhatsApp Noticias grupo1 👇

Accede al grupo de WhatsApp Noticias grupo2 👇
A %d blogueros les gusta esto: