Fish & Chips – Periódico Página100 – Noticias de popayán y el Cauca

Fish & Chips

GastronomíaOcio y Vicio

Siempre me ha admirado el amor propio británico y el entusiasmo con que el Reino Unido presume de sus símbolos. El té de las cinco, los cuervos de la Torre de Londres, la Union Jack, la familia real. Es difícil pasear por algún mercadillo inglés fingiendo la correspondiente indiferencia y no encontrarte con la cara de algún Windsor estampada en cientos de tazas, platos, fuentes y soperas que te observan desde sus estantes con altivez, como diciendo «bloody people» con un acento impecable. En qué otro país sería posible, por ejemplo, que una marca de rímel usase la bandera nacional como logotipo. Bandera que además se ha convertido en elemento de diseño, reclamo cultural, icono artístico y emblema de publicaciones, grupos de música y hasta colecciones de moda. Todo lo que suene a británico es motivo de orgullo y debe exhibirse. Tal vez porque el propio país, que siempre ha tenido algo de impostado, necesite aferrarse a aquello que lo convierte en lo que es. Como los nuevos ricos.

Pero si hay algo que represente con precisión las islas de su majestad es el fish and chips. Referente gastronómico. Paradigma occidental. Ejemplo graso de territorialidad. Es un plato tan británico que de británico no tiene nada. Todavía existen dudas de si fue el joven judío de trece años Joseph Malin el primero en alumbrar la idea o lo fue John Lees, un veterano vendedor ambulante de Lancashire. Malin ayudaba a su familia vendiendo patatas fritas en las calles del East End. Un día decidió incorporar pescado a la fritura, y ante el éxito cosechado, abrió la que los londinenses reclaman como primera tienda de fish and chips de la historia, en la calle Cleveland, en 1860, bajo el sonido de las campanas de St. Mary-le-Bow. En Lancashire sin embargo consideran falsa la fecha y sostienen que la correcta es 1863, cuando el señor Lees recorría las zonas industriales del condado con una caja llena de pescado y patatas fritas.

Sea como fuere —si mi madre y mi tía han elevado a conflicto familiar la autoría de las vieiras con jamón serrano, imagínense un plato nacional—, lo cierto es que la idea de enharinar y freír pescado fue importada en Gran Bretaña a principios del siglo XVI por los sefardíes expulsados de España, que en un hatillo injusto se llevaron consigo, además de su cultura y sus tradiciones, la receta andaluza del «pescaíto frito». Ozú, miarma. Buena prueba de ello son las cartas que Thomas Jefferson escribió durante su periplo europeo —no olvidemos su irritante «Hints to Americans Travelling in Europe» del 19 de junio de 1788—, en las que anotó haber probado el «pescado a la manera judía» a propósito de su estancia en Londres en marzo y abril de 1786.

Las patatas cocinadas en aceite hirviendo tampoco parecen ser una invención muy inglesa. Algunos la sitúan en Francia, a finales del siglo XVIII, concretamente sobre el Pont Neuf de París. Otros creen que fueron las madres belgas quienes las pensaron más de cien años antes, cortándolas en forma de peces pequeños y friéndolas para sus hijos como sustitutivo del pescado cuando los ríos se helaban en la temporada invernal. Vaya usted a saber. 

Lo verdaderamente relevante no es la procedencia del plato ni su eventual mitología. La fabada tampoco es asturiana y sin embargo es un guiso genial. Lo importante aquí es el ascenso a la categoría de símbolo estatal de una receta consistente en freír patatas y pescado rebozado. Todos los países tienen su bandera. En muchos de ellos todavía existe una familia real. En todos se cocinan porquerías más o menos indecentes. Pero solo el Reino Unido es capaz de hacer de todo ello un rasgo distintivo y un motivo para la presunción. Resulta admirable. Tiene mucho mérito ser capaz de destacar entre los demás por circunstancias poco singulares. En el ámbito que sea. Requiere de una fe extraordinaria en uno mismo. De un amor propio casi obsceno. Casi sicalíptico. Y tal vez, en el fondo, todo se reduzca a eso. A una excepcional y peculiar autoestima.

En palabras de Salvador Pániker, la autoestima es algo que se crea durante la primera mitad de la vida para poder deshacerse de ella durante la segunda. En el caso de los británicos, se nace y se muere con ella. Conocí a mi primer inglés en la adolescencia, durante un campamento de verano en Gandarío, a Coruña. Se llamaba James y lo único que sabía en castellano era la letra del estribillo de «Bamboleo» de los Gipsy Kings. Era mi compañero de habitación. Se trajo unos calzoncillos mugrientos y un par de calcetines para catorce días de agosto. Toda una lección de autoestima, la suya. Aquel chico sí era un auténtico símbolo británico. Incluso a la altura del fish and chips.

FOTO: Anne-Onyme (CC0).

POR: Manuel de Lorenzo

Fuente: www.jotdown.es

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