El arte de fingir el orgasmo – Periódico Página100 – Noticias de popayán y el Cauca

El arte de fingir el orgasmo

El cine, tanto si es una fábrica de sueños o de ideología, tanto da, ha tenido tendencia a colocar el orgasmo en lo alto de la pirámide. Cuando no podía enseñarlos, aparecían imágenes de la naturaleza, cascadas, bandadas de pájaros alzando el vuelo, flores abriéndose; cuando los ha mostrado, han sido intensos, arrebatadores, experiencias sublimes. Sin embargo, lo curioso es que, si preguntamos por el orgasmo más famoso de la historia del cine, mucha gente contestará que el de Meg Ryan en Cuando Harry encontró a Sally. Un orgasmo… fingido

Incluso hoy, décadas después, los turistas acuden masivamente al lugar donde se rodó,  Katz’s Delicatessen, en Nueva York. El local revienta por sus sándwiches, atentados coronarios, pero también por los orgasmos. La mesa de la escena está debidamente señalizada y hay cola para sentarse ahí. En redes es fácil encontrar montones de fotos de turistas y oriundos recreando la escena. La foto de su vida en Facebook es fingiendo un orgasmo. Lo mejor es que el gag de la escena se completaba cuando, después de que Meg simulara correrse en público, otra cliente dijera: «Tomaré lo que ha tomado ella». Un remate perfecto para aludir a la sabiduría castellana del refrán: «Cuando un ciego guía a otro ciego, los dos se caen por el mismo agujero».

Eso es lo que ha hecho durante décadas la sociedad con el sexo. En las revistas de cultura popular, el orgasmo de las relaciones heterosexuales siempre ha estado presente desde diferentes ángulos. De entrada, se aconseja a la mujer cómo alcanzarlo y al hombre cómo ser capaz de facilitarlo. En segundo término, se reprocha a la mujer que lo finja y se le dan claves para que lo consiga realmente y se advierte al hombre de que muchas fingen y cómo puede detectarlo. Todo gira en torno al orgasmo femenino, es como un éxtasis ritual que valida las relaciones sexuales. Para la mujer como satisfacción, para el hombre como muesca en el revólver de su ego.

En el ensayo Faking It: The lies women tell about sex and the truths they reveal, la periodista Lux Alptraum analiza este fenómeno obsesivo de la sociedad moderna. En una de las entrevistas que realiza, Erin Basler, del Centro para el Placer y la Salud Sexual de Rhode Island, explica que, evidentemente, el sexo no ha tenido nunca como motivación la procreación exclusivamente. La antigüedad y el desarrollo de la anticoncepción, así como los abortos voluntarios, lo ponen claramente de manifiesto. No obstante, a su juicio, tampoco se puede decir que el orgasmo sea el objetivo único del sexo. Ella cita más razones: «la emoción de la intimidad física», «el deseo de hacer feliz a otra persona», «aliviar el estrés»… 

Según ella, las fases del sexo sin orgasmo también son agradables y placenteras. A partir de este enfoque, los testimonios de mujeres que reúne Alptraum confirman la teoría. Encontró a varias que aseguraban que la mejor forma que tenían de alcanzar el orgasmo era masturbándose ellas solas, pero que no por ello rechazaban el sexo con su pareja. Las motivaba, entre otras emociones, «la subida de autoestima de ver a alguien excitarse con su cuerpo», «el contacto con la piel», incluso «el placer de que alguien admire y celebre mi vagina». Al final, en conclusión, la autora sostiene que existe una necesidad de orgasmo y otra de sexo que se pueden experimentar por separado. 

Otro caso del ensayo era muy curioso. Era el de Hannah, una chica que, durante toda su vida, cuando era niña y adolescente, para relajarse contraía los músculos de los muslos de forma que sin buscarlo estimulaba su vagina. Eso, desde una edad muy temprana, le provocaba orgasmos sin ser ella consciente. Cuando luego empezó a tener relaciones sexuales, descubrió decepcionada que el orgasmo, eso que en televisión era tan espectacular, no era más que el desenlace de los ejercicios de relajación que había estado realizando toda la vida cuando se había aburrido estudiando o tumbada en el sofá. Según declaró: «Lo que más confundida me dejó fue la obsesión que tenía la sociedad con eso». Hay que tener en cuenta que este tipo de referencias en la cultura popular se remonta a muchos años atrás. En la gran pantalla, ya en 1933, Hedy Lamarr tenía un orgasmo simulado en la película checoslovaca Éxtasis que ya reunía todos los elementos litúrgicos de gesticulación y suspiros. El filme fue estrenado en todo el mundo, incluida España, que por aquel entonces era republicana. 

La cuestión es que lo extendido comúnmente es que, sin orgasmos en el sexo, este es un fracaso. Aunque hay muchos motivos que pueden impedir alcanzarlo, a veces tan cotidianos como una medicación. Actualmente, de media, los estudios arrojan que un 15 % de las mujeres no puede llegar normalmente. En cambio, los expertos sexuales consultados en el libro aseguran que la falta de orgasmos en el sexo solo es un problema si quien los sufre, personalmente, piensa que lo es. Es decir, no son necesarios médicamente. No vas a morir o a enfermar sin ellos. Recomiendan que la mujer anorgásmica disfrute del sexo con sus propias reglas y no caiga en la neurosis colectiva o presión social de intentar buscarlo a toda costa. 

Sin orgasmos, un artículo científico de la década pasada en The Wall Street Journal informaba de que solo con la excitación ya aumenta la dopamina. Este neurotransmisor activa los centros de deseo y recompensa del cerebro al igual que el chocolate o ganar una partida en algún juego. También aumenta la oxitocina, la «hormona del abrazo», que promueve la unión, reduce el miedo y estimula las endorfinas, es un analgésico natural que puede servir, por ejemplo, para aliviar el dolor de espalda, la migraña y otros problemas. 

Sin embargo, si añadimos el orgasmo, no son pocas las ventajas. Después de uno, caen los niveles de dopamina y aumentan los de prolactina, lo que provoca un sentimiento de satisfacción y somnolencia. Otro estudio indicaba que los hombres que tienen más de tres orgasmos a la semana reducen a la mitad el riesgo de un ataque cardíaco. El orgasmo libera la hormona DHEA (dehidroepiandrosterona), que es buena para la circulación y la dilatación arterial. En los hombres, el sexo también aumenta la testosterona, que fortalece los músculos, da más energía y aumenta la cognición. Nature publicó en 1970 el caso de un náufrago en una isla remota que sobrevivió sin mujeres alrededor y vio cómo su barba dejó de crecer. Cuando luego volvió a la civilización y a las relaciones sexuales, le volvió a salir. Además, si el sexo es sin protección profiláctica, el semen contiene testosterona, estrógenos, prolactina y prostaglandinas que, si se absorben a través de las paredes vaginales y pasan al torrente sanguíneo, elevan el estado de ánimo.

Esta división entre sexo y sexo con orgasmo es muy moderna. Freud consideraba frígida a la mujer que solo podía alcanzar el orgasmo masturbándose. El término que empleaban técnicamente sus seguidores era inmaduras. En resumen, sexualmente inadecuadas. Por eso, ante la posibilidad de ser descubiertas sin «orgasmar», surgió por una mera opción de supervivencia toda una escuela de interpretación del orgasmo. Muchas mujeres se vieron obligadas a fingirlos regularmente. Un problema, porque de esta manera tanto el hombre como la mujer perdían la posibilidad de explorar nuevas maneras de llegar a él si es que era posible. 

En 1976, el famoso Informe Hite, tan importante para la revolución sexual de nuestro tiempo, recogía testimonios de mujeres que fingían el orgasmo con sus parejas para evitar desde que las pegasen hasta que la otra parte pensase que algo iba mal, que era una persona «defectuosa». Muchas de ellas llevaban haciéndolo durante décadas, algunas por sistema. Siempre. 

Se fingía incluso «por cortesía». En su estudio, Shere Hite señaló que solo un 30 % tenía orgasmos reales con sus parejas, pero a la vez más del 82 % lo lograba masturbándose. Lógicamente, existía un desajuste sexual. La revista Playboy fue la primera en salir al quite, denominó el trabajo como «el informe del odio». Hite recibió amenazas de muerte, fue perseguida por paparazzi, tuvo que cambiar de número de teléfono y, finalmente, escapar a Europa, donde murió. 

Parece una historia en blanco y negro, pero el recurso de fingir el orgasmo sigue presente en nuestros días. Un estudio de 2010 entre los estudiantes de la Universidad de Kansas mostró que un 67 % de las chicas había fingido el orgasmo alguna vez. La sorpresa en las tablas llegaba cuando aparecía que un 28 % de los chicos también lo había tenido que hacer. Las conclusiones, del siglo XXI, eran las siguientes: fingían porque era imposible llegar al orgasmo, porque querían acabar ya con el sexo o porque había que evitar las consecuencias negativas de no correrse, como herir los sentimientos de su pareja, y obtener las consecuencias positivas, como complacer a la pareja. En el guion preestablecido, las mujeres tenían que llegar al orgasmo antes que los hombres y ellos eran responsables de que ellas llegasen. 

La novedad es que el hombre también aparecía como víctima de la fantasía según la cual siempre le apetece el sexo y siempre está dispuesto. Luego, metidos en materia, la única forma que encontraban, si realmente no tenían ganas y no veían cómo llegar al orgasmo, de poner fin a la actividad sexual era fingirlo. A veces, simplemente es que estaban borrachos o drogados y correrse era imposible, pero no querían que se supiera porque seguían alineados por el estereotipo. También era muy habitual el caso de que ya se habían masturbado ese día y el sexo les había pillado por sorpresa. Encontramos ahí pues la principal naturaleza del orgasmo fingido: como escapatoria. 

Otra faceta, más triste todavía, es la ignorancia. Se encontraron casos de chicas que exteriorizaban supuestos orgasmos al final del coito como se supone que debía hacerse. Esto es, tipo Meg Ryan. Luego, cuando en otra relación posterior con otra pareja descubrían el orgasmo de verdad, alucinaban. No sabían muy bien qué es lo que habían estado haciendo en sus relaciones sexuales, pero ahí estaban: jadeando porque sí. En este caso, el orgasmo fingido sería: porque lo hacen en la tele. 

Un chaval contó que tenía una novia que se estaba iniciando en el sexo con él. Lo intentó con la boca, luego con la mano, pero él vio que no se le daba nada bien. Decidió echar mano a sus genitales y fingir un orgasmo. Muchas mujeres se encuentran en esa situación. Creen que no correrse afectará al ego de su pareja, que puede ponerse muy triste si no cumple como un macho. Aquí, el orgasmo fingido sería, en ambos casos: porque te da pena. 

Las técnicas interpretativas, generalmente, suponían: 

—Actuación corporal: movimientos, espasmos. En los hombres, sobre todo, se hacía hincapié en parecer exhausto y agotado al final. 

—Actuación vocal: sonidos, respiración agitada, jadeos. Aquí estaba la única diferencia significativa entre sexos, los hombres eran más tendentes a la actuación corporal, empujones más fuertes, etc., y las mujeres, a la vocal, a los gemidos, básicamente. 

—Actuación verbal: palabras («tigre», «macho», «tú eres la bomba, nena»).  

—Cargar la suerte: los hombres muchas veces necesitaban herramientas. Por ejemplo, el preservativo, se lo quitaban rápido y, sin dejar que su pareja lo viese, lo tiraban, movimiento que servía para ocultar que no había eyaculación. En ocasiones, reportaban llevarse las manos a los genitales para simular que el semen caía en la palma. Otro método: unas sábanas que inmediatamente se echan a la lavadora.    

Además, en muchos casos, si antes había habido un orgasmo verdadero con la misma pareja, se volvía a hacer lo mismo. Porque otro punto de estas actuaciones está en el poder. Como concluía un estudio de 2016 presentado en la Conferencia Anual de Psicología de la Mujer de la Sociedad Británica de Psicología, «fingir el orgasmo permite cierto control sobre la finalización de un encuentro sexual». Es una forma inteligente de manejar la situación sin tener que dar explicaciones a una incauta pareja, como los verdaderos líderes, que no imponen, sino que convencen. Lo cierto es que la motivación de las relaciones sexuales que tenemos muchas veces suele ser incomprensible. El propio Buñuel, en Mi último suspiro, su libro de memorias y reflexiones en la vejez, hablaba del sexo como un tirano del que, afortunadamente, había logrado librarse por fin en la senectud. A mí, al menos, toda la problemática de los orgasmos fingidos me ha servido para entender a Yoko Ono. La más frecuente de sus actuaciones suele ser proferir una serie gritos y alaridos caóticos que culminan en un intenso orgasmo de mentira. Se parece bastante a la vida eso, por lo visto. 

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SOURCE: www.jotdown.es

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