Entrevista con el escritor BENHUR SANCHEZ – Periódico Página100 – Noticias de popayán y el Cauca

Entrevista con el escritor BENHUR SANCHEZ

Por Marco Antonio Valencia

Benhur es autor de muchos libros, reconocido columnista de prensa y baluarte intelectual del Tolima grande. Hablamos con él sobre la lectura y temas afines.

¿Cómo enseñar el gusto por la lectura a un niño?

Yo no creo que el gusto se enseñé. Más bien diría que se despierta mediante la lúdica, el goce del objeto libro y, finalmente, de su contenido. De niño siempre me imaginé una gran sala llena de libros adonde pudiera entrar sin ninguna idea preconcebida y tomar el que más me gustara, por su forma, su apariencia o su título, lo disfrutara o lo dejara y cambiara por otro y al fin leer el que más me gustara. Claro, esa libertad se contrapone a la intención de hacer leer lo que el adulto quiere, que es como hoy en día se dirige la lectura en los establecimientos educativos. Leer por obligación siempre será un fracaso, en el sentido de buscar despertar el gusto por la lectura con ese procedimiento. Claro, hay que anteponer a todo mecanismo el ejemplo, es decir, si los adultos no leen difícilmente se logrará que sus descendientes adquieran el hábito de la lectura. Solo que, como ya dije, la lúdica puede romper la barrera de la no-lectura, de la indiferencia por el libro.

¿Que importancia tienen los centros culturales y las bibliotecas en la formación de la niñez?

Mucha. Cuando los niños se apropien de estos espacios, empezarán a ser importantes para la comunidad. Porque, de grandes, seguirán acudiendo a estos centros, no por obligación sino por el placer de una buena lectura. Leer un buen libro, escuchar una buena conferencia, sentir la música como algo propio, es la posibilidad que tienen las comunidades de crear una cultura de la lectura como algo cotidiano, como algo común y corriente. La lectura en todo sentido, desde luego, porque no sólo se leen letras, también hay que aprender a leer imágenes y sonidos. En este sentido la lectura es un acto de supervivencia. Quien no lee es mucho más vulnerable que aquellos que sí lo hacen.

¿Dónde nació su gusto personal por la lectura?

De mis padres. Serafín tenía una pequeña biblioteca en casa a la que podíamos acceder sin ninguna restricción. Además, como algo insólito, en la Normal teníamos una tarde de lectura, que no he vuelto a ver en ningún establecimiento educativo. Esa tarde de lectura consistía en ir a la biblioteca de la institución y leer lo que cada uno quisiera, también sin ninguna restricción, desde luego acompañados por el profesor de turno y la bibliotecaria. De esta manera aumenté mi amor por los libros, a necesitarlos para recrearme. Muchos tomaban los tomos de las enciclopedias que más se acercaban a sus gustos, ya por las ilustraciones o por las descripciones. Yo me inclinaba por las novelas. Y en casa, tomaba un libro de la pequeña biblioteca Serafín y me dedicaba a disfrutarlo. Algunas veces dejaba de ir a una fiesta por leer un libro. De esta manera el libro se convirtió en algo necesario para mi vida.

¿Se podría decir que después de leer vino su interés por escribir?

Sí, es cierto. Para escribir hay que leer mucho. Creo que la lectura y la escritura se dieron espontáneamente en mí porque el ambiente familiar así me lo posibilitaba. Escribí cosas desde niño, cosas que tanto Laura como Serafín me estimulaban a continuar haciendo. Nunca se burlaron de mis experimentos. Recuerdo que muy niño aún leí “El judío errante” y, contrario a lo que se pudiera pensar hoy en día, cuando se clasifican las lecturas por edades y en alguna medida se censura la lectura que no corresponda a la edad que establecen los expertos, a mí no me traumatizó ni me aburrió leer hasta el final esa novela de Pär Lagerkvist, el mito eterno de la huida de todo lo opresivo. Además, ante ese ambiente de permisividad, yo jugaba con la pintura, la lectura y la escritura, si así pudiera llamarse a mis tachones y pequeñas visiones de mi escasa experiencia por la vida. Más adelante pude entender que podía llegar a ser artista y escritor algún día. La segunda actividad que me acercó a la escritura fue el periódico. Serafín era adicto a las noticias y siempre, que yo recuerde, compró el periódico cuando llegaba al pueblo, que era los domingos en mis tiempos de pantalones cortos. Ese vicio también lo heredé de él. Siempre estoy suscrito a un periódico nacional y a uno local y el día que no lo recibo me siento extraño, desubicado.

¿Cómo y dónde público su primer texto?

Mi primer texto se publicó porque salí finalista del Premio Esso de Novela en 1967. La compañía patrocinadora sacaba una revista de lujo, muy bella, titulada Lámpara, y en ella fue  en donde hice esa primera publicación. Su director me pidió un texto que se publicó en diciembre de ese año, convirtiéndose en mi presentación en sociedad como escritor. Mi cuento se titulaba “La última tormenta”. Después aterricé en los periódicos, suplementos literarios y revistas literarias, donde se publicaron varios trabajos míos. Luego vinieron los libros…

¿Cómo ve el panorama literario en Colombia?

Si nos atenemos a los medios, que manejan las multinacionales de la edición, el panorama es bastante pesado, por decir lo menos. Es una literatura de consumo. Pero si miramos el panorama sobre lo que se produce en el país, que por lo general no tiene cabida en los medios, hay una literatura vigorosa, contundente, artística, que hay que divulgar para que se tenga una verdadera visión de la literatura colombiana. El motor siempre ha sido la realidad del país, su historia, sus posibilidades y fracasos. Yo creo que hay muy buena literatura colombiana engavetada y lo que necesitamos es llenar el vacío de las publicaciones y la divulgación de los trabajos, sin exclusivismos, para que se conozca esa buena literatura.

¿Sirven los encuentros, ferias y eventos literarios para la cultura o para la economía?

Sirven para los dos propósitos. Por un lado incentivan la lectura y por otro se venden las obras de los escritores y artistas. En eso hay un flujo económico bastante importante porque quienes ejercemos el oficio de la literatura propiciamos que haya varios oficios de los cuales viven muchos colombianos. Por ejemplo, las editoriales como fabricantes de los libros, los libreros como comerciantes de la inteligencia, los bibliotecarios como preservadores de los bienes culturales de la comunidad y, finalmente, los lectores. El negocio del libro, por ejemplo, como el de los espectáculos, mueve la economía de manera sorprendente. Quizás por eso se quiera incentivar la economía naranja que beneficiará a muy pocos empresarios, porque los escritores y artistas no somos empresarios, siempre fracasamos cuando creemos que podemos hacerlo. Además, se piensa instituir esa economía en un momento en que la inequidad y la injusticia, el robo y el saqueo de las capacidades del hombre, están en su furor. Pero tanto las ferias como los encuentros y congresos de escritores son útiles porque visibilizan en la ciudadanía la existencia de autores y libros que de otra manera pasarían desapercibidos.

¿Qué piensa del escritor colombiano en general?

Como es una comunidad diversa, es difícil poder unificar criterios respecto a lo que son los escritores en un medio como el nuestro. Yo digo que se ha exacerbado la necesidad de sobresalir, para posicionar las obras en el medio, y eso presenta un escenario de pujas y envidias, de egocentrismos desbordados, de lucha por la supervivencia espiritual e intelectual que enrarecen la atmósfera donde se debe desarrollar el libre ejercicio de la creación. En estas luchas soterradas quienes pierden son los lectores porque no tienen conocimiento de todo cuanto se escribe y se hace en el campo literario y muchas veces deben conformarse con lo que les ofrecen los negocios editoriales, que obran más guiados por sus beneficios económicos que por la existencia de un arte tan importante como la literatura. Pero, en general, el escritor colombiano es creativo, disciplinado, paciente y siempre va en busca de ofrecer lo mejor de sí para producir una obra decente. Lo demás, lo estrictamente industrial y económico, escapa a su influencia. Quienes escriben para ser mimados y famosos, no resisten el paso del tiempo. Quienes se preocupan porque escribir sea un verdadero arte demoran en ser reconocidos pero al fin sus obras logran imponerse.

¿Son los escritores colombianos cosmopolitas?

Sí, sobre todo si pensamos que la buena literatura va de lo local a lo universal, no tanto por los escenarios donde ubiquen sus ficciones, sino por la forma como lo explicitan y la manera como conciben la vida en sus obras. Uno puede vivir en una ciudad pero tener un pensamiento totalmente bucólico y rural. Por el hecho de ser citadino no se vuelve automáticamente urbano y citadino. Claro, es un proceso en el que los escritores responden a la realidad del país, muchos siguen o seguimos siendo tan rurales como el paisaje, pero se trata de trascender el ámbito local desde el conocimiento profundo de las raíces que nos dan forma. De lo local a lo universal, pregonan muchos, a sabiendas de que es un proceso difícil que requiere una independencia intelectual y espiritual para romper las cadenas impuestas por la tradición, la organización social y el medio en general en que nos movemos. Y hay que recordar que el escritor es rebelde por naturaleza, siempre está en contraposición con la realidad como está y lucha por mejorarla o cambiarla.

¿Qué les falta a los autores nacionales?

Si algo le hace falta a los autores nacionales es reconocimiento y divulgación. Justicia en la divulgación de sus obras. Siempre he dicho que el único que puede decidir si una novela es buena o mala es el lector. Pero para que el lector llegue a esa conclusión debe tener acceso a la obra. Y es la obra la que se debate con el lector a cuerpo limpio y si tiene las cualidades de toda buena lectura, con seguridad tendrá éxito. En Colombia sucede que hasta esta cualidad de toda obra que produzca el sistema en que vivimos debe comprar su posibilidad. Y esa es una talanquera desagradable. Y también sabemos que los escritores no tienen la posibilidad de negociar sus capacidades donde triunfan los mercaderes de la vida. Es una lucha desigual. Cuando la posibilidad de publicar y divulgar la obra literaria sea igual para todos, entonces no sólo sabremos cuáles son las más significativas sino que tendremos acceso a ellas. Las buenas obras se imponen de todas maneras, pero, en las circunstancias actuales, es mucho el tiempo que debe transcurrir para llegar a las manos del lector. Es más, para llegar al corazón de sus lectores.

¿Es de los que cree que el libro pronto será obsoleto?

No, no soy de esos. Creo en que el libro puede cambiar de soporte, de hecho lo está haciendo en estos tiempos, pero el libro seguirá siendo el único instrumento que conserve el conocimiento y el pensamiento de la humanidad. Pasó de la piedra al papiro y luego a la imprenta y ahora al archivo digital y a la pantalla, pero sigue siendo libro. El cambio está en acomodarse a cada nuevo soporte. Yo aspiro a que alguna de mis obras se quede en los lectores sin importar la forma que adopte el libro para ser parte del conocimiento de los demás. Soy de la cultura del papel y es obvio que para mí es preferible leer en el formato libro impreso, pero también lo puedo hacer en una pantalla, también puedo comprar un archivo y desplegarlo en la pantalla de mi ordenador y leerlo, o imprimirlo para leerlo. Eso creo, mejor dicho, creo que el libro no pasará de moda.

POPAYAN CIUDAD LIBRO 

¿Cómo podemos desde la academia y el estado mejorar la lectura en la gente y la literatura en general?

Con la democratización del recurso. Es inverosímil que alguien no pueda acceder al conocimiento por falta de recursos económicos. No hablo de abaratar el libro, que ya se ha hecho en algunas circunstancias y en algunos espacios del mundo, sino de mejorar las condiciones de los ciudadanos para que tengan acceso a él. Sin duda eso significa un cambio profundo en el Estado, que estoy seguro no lo veré en lo que me resta para liquidar el contrato que tengo con la vida, pero que haya ese mundo donde se pueda leer sin restricciones y se pueda acceder al conocimiento sin ningún privilegio, sólo el de estar vivo, se tiene que dar. La era del poder de la ignorancia algún día tiene que acabarse. Y no hay duda que la mejor manera de mejorar la lectura es a través de la educación, que debe ser tan libre y democrática como el libro.

NOTA BIOGRÁFICA:

Benhur Sánchez Suárez (Pitalito, 1946) Escritor y pintor. Ha publicado las novelas La solterona (1969), El cadáver (1975), La noche de tu piel (1979), A ritmo de hombre (1979), Venga le digo (1981), Memoria de un instante (1988), Así es la vida, amor mío (1996), Victoria en España (2001), El Frente inmóvil (2007) y Buen viaje, General (2010); los libros de cuentos Los recuerdos sagrados (1973) Cuentos con la Mona Cha (1997), Historia de los malos tiempos (2012), Cuentos, antología personal (2014) y Cantata en yo mayor (2016); los libros de ensayo Narrativa e historia (1987), Arte, música y literatura (1988), Identidad cultural del Huila en su narrativa y otros ensayos (1994) Esta noche de noviembre (1997) y Mi ejercicio de la reflexión (2012); y los libros de textos poéticos Sobres de manila (1998), Laboyos y otros textos con memoria (2005) y Las señales de la ausencia (2015). Textos suyos han sido traducidos al francés, al alemán, al italiano y al inglés.

En la actualidad vive en Ibagué (Tolima) y es columnista del diario El Nuevo Día.

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