Cuanto más reconoces un miedo al que estás atado, más te desprendes de su atadura – Periódico Página100

Cuanto más reconoces un miedo al que estás atado, más te desprendes de su atadura

La solución no está en combatir la ira, en hacer un curso sobre agresividad, en llegar a un acuerdo para evitar los celos o en resolver la desesperación encontrando un trabajo (ya que el problema de la desesperación quedaría por resolver). En todos los casos, la solución pasa por curar los miedos, ya que un miedo no curado hoy volverá a manifestarse mañana, sea con esa o con otra cara. Si te pones a tratar los celos, la ira, la tristeza o la ansiedad sin analizar el origen, estarás tratando los síntomas, pero… perpetuando el problema.

Eliminar un problema y no observar sus causas es como secar el agua y no cerrar el grifo. (O si te gusta más calentito…)

Cada vez que tomamos un calmante sin resolver el problema, estamos apagando la alarma sin extinguir el fuego.

— ¿Y qué tengo que hacer para sanar cada miedo que tenga?

¡Cuéntalo! El miedo se sana exponiéndolo. ¿Cómo? Tirando del hilo.

— Reconozco que cuando mi hijo me dijo que quería irse al extranjero a estudiar, mi cuerpo se atenazó.

— OK. ¿Por qué se atenazó?

— Porque me hizo sentir que iba a sufrir una pérdida (de control, de cercanía, de amor…).

— OK. ¿Qué hay detrás de esa sensación? ¿Qué la provoca?

— Creo que miedo a la soledad, o incluso a que mi hijo se olvide de mí.

— Pues ahí lo tienes. Ése es tu miedo.

Combatir síntomas alarga el problema. Mejor busca el origen tirando del hilo con preguntas como las anteriores y verás que toda la cadena siempre tiene como origen un miedo. En casos serios por supuesto tendrás que buscar ayuda de un profesional, pero el proceso siempre será el mismo: reconocer, de viva voz, ese miedo. ¡Contarlo! Cada vez que expones un miedo, una parte de ese miedo muere.

Un día, hace años, me encontraba circulando por Madrid en el coche de mi amigo Jesús mientras él conducía a velocidad de tortuga, esto es, de tortuga según mi impaciente percepción. Él era una persona que sabía ir tranquilo por la vida. Yo tenía muchos conocimientos (es retórico), pero desde luego ése era uno de los que me faltaba. Mientras él iba disfrutando del paseo, yo iba agonizando cada vez que veía de lejos un semáforo en verde. «Se lo va a perder», pensaba para mí. Y tenía razón. Efectivamente se lo perdía.

El problema era que ese hecho a mí me saboteaba mi felicidad interior, mientras que a él, por supuesto, ni le inmutaba. Empecé a tirar del hilo de mi impaciencia (aguda), y a través de varios porqués regresivos fui descubriendo cosas hasta que di con mi miedo. ¿Por qué sentía impaciencia? Porque no quería perder el tiempo. ¿Qué había detrás de esa sensación? ¿Qué pasaba si sentía que perdía el tiempo? Que podía hacer menos cosas. ¿Y qué sucedía si hacía menos cosas? Que podría sentirme una persona insuficiente, lo cual podría llevarme a no ser aceptado por otros o incluso por mí mismo. ¡Voilà! Ése era mi miedo. Y al exponerlo, observarlo, reconocerlo y sobre todo contarlo (a alguien que te escuche sin juzgarte), me permitió no sólo aumentar mi consciencia y, por tanto, mi aprendizaje sobre él, sino liberarme de una parte enorme de su losa.

¿Por qué? Porque contarlo es arrojar luz sobre él, exponerlo, y sólo lo que se expone puede ser sanado. Si quieres un ejercicio para tratar este tema, usa éste: la sesión de miedos. Consiste en sentarse con otra persona y simplemente manifestar y contar un miedo, tirando de ese hilo y relatando qué temes y qué te hace sentir cada uno de esos temores. Verás que a medida que te vas abriendo, una parte de tus miedos se va disipando igual que se disipa la sombra al amanecer. Pruébalo. Es tremendamente liberador.

PAGINA 100 POPAYAN COLOMBIA 

Prensa para leer y pensar

Foto: Unsplash

Por: Anxo Pérez Colaborador

Fuente: www.abc.es

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